Columna del Editor: "El Día de los Enamorados", la Imagen que Cambió Mi Manera de Fotografiar

Hace 2 años, durante las vacaciones en las que recién había empezado con mi afición a la fotografía, retrataba prácticamente todo lo que estuviera al alcance de mi vista –y mi cámara-. Paisajes, gente, flores, lo que sea. Por esta razón me metía en cada proyecto loco habido y por haber, quería volver al Paraguay con fotos de las que realmente me sorprendiera.

Utilizaba mi Smartphone, por lo que me resultaba más fácil acercarme a las personas y simplemente pedirles una foto, ya que mientras que a ellos no les resultaba una intromisión, como sí podría ocurrir con una DSLR, a mí también me daba cierta libertad y seguridad, sumadas al hecho de que podía camuflar el tomar una fotografía con el simple hecho de mandar un mensaje.

Así fue que, después de una conversación con una amiga de Asunción, surgió en mi cabeza el proyecto de capturar el espíritu del 14 de Febrero en una sola foto. Estaba en Florianópolis, Brasil, y ya se acercaba el ansiado día.

Compré algunas revistas especializadas en una banca que estaba cerca de donde nos alojábamos, y de pura casualidad éstas contenían algunos artículos y notas sobre fotografía callejera. El género ya lo conocía de alguna u otra referencia, pero leerlas realmente me abrió la mente. Así que para esa altura ya tenía claro qué es lo que quería.

El problema es que, “ohh fortuna”, me tocó la gracia de ser un tipo tímido, por lo que, si me conocen bien, dudo que me asocien a la fotografía callejera, mucho menos a alguien que se animaría a fotografiar a una pareja durante el día de los enamorados.

Ese era mi pensamiento constante durante casi todo el tiempo que pasó hasta que llegamos al ansiado San Valentín. Mientras tanto, fotografiaba paisajes, conceptuales, a mi familia, y otras más que, aunque realmente me hayan gustado entonces, y me sigan gustando ahora, no eran realmente lo que estaba buscando. Estaba enfrascado en conseguir ESA foto.

En la mañana del festejo, mis padres decidieron visitar el centro de la ciudad. “Bien por mí”, pensé. Qué mejor lugar para encontrar a la pareja de enamorados que una urbe en pleno movimiento. Y cada vez que pensaba en la idea, se me ocurrían aquellas clásicas fotografías de Robert Doisneau y Alfred Eisenstaedt. Claro, no sabía quiénes eran esos dos, sólo recordaba las fotos que habían hecho. Realmente tenía ganas de crear un clásico, y justo en aquella maravillosa fecha.

El caso es que no vi parejas en todo el día. Diría que estuvimos desde las 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde. “Y dónde se fue el espíritu de San Valentín?”. En realidad me expresé mal. Sí que vi parejas, como en todas partes; que iban de la mano conversando felices, que se abrazaban como modo de coqueteo/juego/muestra de aprecio, pero yo quería algo más, quería algo más esclarecedor, que disparara el mensaje de: “Te Amo” pero sin ser demasiado cursi tampoco. No es que yo sea un romántico empedernido ni mucho menos, es más, bien que podría ser tan afectuoso como una tabla de madera astillada; pero simplemente, no era lo que estaba buscando… O bien… no estaba dispuesto a arriesgarme a tomarles la foto, mucho a menos a pedirles una.

Así pasamos el día hasta que el sol empezó a descender. Entretanto ya casi me había olvidado de mi idea original con todo el ajetreo, las librerías gigantescas, la variedad de juegos y juguetes capaces de aflorar la locura en cualquier niño o adolescente, y demás atractivos visuales (Que no escatimé en fotografiar).

De igual manera, ya cuando estábamos dirigiendo nuestro paso a la estación central de autobuses, ubicada a unas cuadras de donde estábamos, ese pequeño y oscuro rincón de la conciencia que decide hablar en los momentos más oportunos, decidió dar su discurso: “No conseguiste la foto”, “Qué decepcionante”, y yo intentaba discutirle con las mismas excusas que mencioné anteriormente, incluyendo algo como: “Bueno, la conseguiré en otro momento”. Y el problema es que no me dejaba en paz, tenía que conseguirla, y como estábamos ya casi en la última hora de la tarde, casi toda la ciudad se amontonaba alrededor de la estación. “Esta es mi oportunidad” era el pensamiento recurrente.

Así fue que, cuando, liderados por mi padre, estábamos a punto de entrar al punto sin retorno que implica comprar los tickets de viaje en la entrada a la estación, pude observar que una pareja estaba besándose apasionadamente frente a un anuncio de clases de inglés on-line, frente a todo el mundo. Entonces hice lo que todo buen fotógrafo que se precie hace en un caso como aquel… Me quedé mirándolos… Y los miraba, y seguían, y dele que estaban a punto de devorarse los rostros cual abrazacaras que salta desde el huevo a su víctima en la película Alien. Tomé mi teléfono, y preparé la toma. “No, estoy muy lejos”. Consideren que la lente de todo Smartphone suele ser una gran angular, y como el sensor de la cámara es tan pequeño, la imagen no sólo tiende a incluir todo lo que ocurría alrededor, dejando relegada a la pareja –que gozaba de una especie de campo de fuerza anti gente a su alrededor-, sino que también deja a la escena vista en tamaño real por nuestros ojos como si la estuviéramos viendo de 40 metros más atrás. Lo peor era que, como la noche ya había caído, el ruido que invadía mi cámara era espantoso.

“O me acerco o pierdo la foto”. Afortunadamente, después de haberse dado un descanso con el besuqueo, que creí que sería el fin, continuaron con la labor de suavizar la carne antes de comérsela, pues no le encontraba otra explicación a lo que estaban haciendo. Seguramente para este punto ya deben de considerarme todo un “Stalker” o acechador, en todo caso un “creep”, pero si estuvieran en mi lugar, pendientes de conseguir o no cumplir con la promesa que me había hecho, y por consiguiente a mi amiga, entenderían que aquella era la ocasión perfecta que todo fotógrafo desea.

Así que me puse el par de cojones más cercanos que tenía y fui hacia ellos. Esperé, claro, a que se tomaran un descanso, pues tampoco nací ayer, hay que respetar la privacidad –o lo poco de privacidad que se pueda tener en un lugar como ese-. Resumidamente, les dije -en un portugués que hasta entonces no solía utilizar mucho- lo siguiente: “Hola, me llamo Augusto Ferreira y estoy buscando una fotografía que refleje el espíritu verdadero del día de los enamorados. Soy de Paraguay, y considero que ustedes captan fielmente ese espíritu. Además, son adorables”. No dije adorables, pero esta es la presentación que creo haber logrado articular. Me trabé un par de veces, y los nervios no me dejaban pensar claramente.

Ella, una rubia con el cabello estirado hacia atrás, lo miró como diciendo: “Será divertido”, y él, de pelo corto y barba de dos días, asintió. Me miraron y dijeron que no habría problema. “Bueno” les dije “Ahora… hagan lo que sientan que quieran hacer”. Preparé mi cámara y los encuadré. Él a la derecha, y ella a la izquierda. Y la verdad es que seguro estaban tan incómodos como yo, porque ella lo miraba a los ojos y se mataba de la risa, y cuando él hacía lo mismo, no podían contenerse. Pero como una especie de favor a mí, se contuvieron un momento, y simplemente acercaron sus rostros el uno al otro, y se miraron. Se miraban fijamente a los ojos. Para mí fue la escena perfecta. No les pedí que se besaran porque eso ya sería el colmo de desubicado y desvergonzado. Pero tomé un par de fotos, se las mostré. A ellos les encantaron, y yo me despedí habiéndoles agradecido. Cuando me retiré, ya habiendo guardado mi teléfono, les volví a dar un último vistazo, sólo para ver cómo reaccionaban a lo que les había ocurrido. Ambos rieron y volvieron a comerse a besos.

Resulta que, aunque creía lo contrario, en realidad no había pasado mucho tiempo; apenas unos 5 o 10 minutos, y mis padres y hermano ya estaban hablando entre sí y esperándome al otro lado de los molinetes que delimitaban la entrada a la estación. Espero que no hayan estado observándome durante toda esa pequeña sesión improvisada.

Subidos al autobús que nos devolvería a nuestro lado de la isla, me tomé ese largo viaje de casi 1 hora para mirar todas las fotos que realicé durante mi visita al centro. Algunas se convirtieron en favoritas instantáneas, otras fueron borradas inmediatamente. Y luego llegué a las únicas 2 que habían quedado de esa pareja de enamorados. Me di cuenta de varios errores crasos en ambas fotos, tales como el grano muy elevado y el fondo distractor que imponía el cartel de cursos de inglés. Cabe aclarar que ambas fotos las realicé directamente en blanco y negro. No sé por qué lo hice, pero hasta ahora no me arrepiento de ello.

En síntesis, no son las mejores composiciones que alguien verá en su vida, tampoco son los mejores retratos callejeros entre los que haría durante los meses siguientes, pero, por alguna razón, nadie me podía decir que aquellas eran malas fotos. Hasta hoy sólo han sido pocas personas las que las vieron, y tengo que decir que les gustaron –o eso me dijeron-, y la verdad es que no tengo ganas de mostrárselas al mundo, no ahora, porque de alguna manera me pertenecen sólo a mí. Y ese día, me sentí como el mejor fotógrafo del mundo...

2 comentarios :

  1. Necesitaba distraer mi mente u leí tu artículo. . Me transportó a la escena practicamente. Me identifico contigo en eso de la timidez para fotografía callejera.. pero si no das el paso perdes la oportunidad y después te arrepentis.. bien por ti :-)

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    1. Es cierto Day, la timidez da el paso a oportunidades perdidas. Pero cuando das el salto, luego te das cuenta de lo interesante y divertido que puede ser conocer a completos desconocidos. Gracias por el comentario! Y adelante con las fotos que quieras hacer!

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